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Como suelen nacer los árboles, EL SAUCE nació de una semilla. Una semilla intangible, un deseo que comenzó a surgir en mi interior y poco a poco fue tomando forma. Algo vago que se destaca en medio de la bruma, con un perfil todavía difuso, se convirtió en un sueño y, luego, en un impulso incontenible de convertirlo en algo tangible, existente, real.
En el sueño había un gran jardín, con muchos árboles y otras plantas, conviviendo armónicamente en un espacio hermoso, y, en ese espacio veía muchos niños contentos, jugando.
Los niños suelen verse contentos cuando juegan, muy interesados a muchos juegos, a través de los cuales van aprendiendo a convivir y a ponderar la realidad que los rodea.
Con frecuencia se empeñan en juegos que teatralizan la realidad: es su manera de integrar en su esquema interior del mundo, lo que ocurre a su alrededor en el correr de cada día.
Aprenden mientras están en acción, y, a través de la acción. ¿Por qué entonces no usar ese recurso natural para llevarlos a aprender lo que deben aprender en la escuela? ¿Por qué no permitirles crecer “en acción”, en movimiento, en un ambiente rico en estímulos adecuados, y, desde luego dentro de unas reglas básicas de convivencia y orden que son los fundamentos de una sociedad armónica?
En octubre de 1984, Margarita Speck, ofreció una alternativa a la educación de la época que privilegiaba una enseñanza memorística y descuidaba el desarrollo de capacidades vitales en el estudiante.
Abrió sus puertas a un espacio educativo ambientado desde una visión diferente, esencialmente humanista, apuntando al desarrollo personal, a la participación activa, al crecimiento. Fundó el COLEGIO EXPERIMENTAL EL SAUCE
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